domingo, 4 de septiembre de 2011

Japón, día 4: un domingo de trabajo

No es agradable trabajar un domingo, pero el hecho de estar en un proyecto tan interesante mitiga "la pena". El fin de semana ha sido tremendamente raro en lo gastronómico, sin comer apenas a mediodía y comiendo-cenando a las 18.30 (es lo que tiene estar con americanos).

Pero las cenas son el momento perfecto para estar en medio e intercambiar opiniones y reir chistes. Durante el día se siente la presión, pero en las cenas no se suele hablar de trabajo, lo cual se agradece. Ayer, la cena discurrió en un vietnamita excelente, en el piso 30 de un edificio impresionante, uno de tantos en el distrito de Umeda. Pero parecía que andaban ya los buches cansados de comida oriental y hoy se pidió un cambio de tercio. Me pidieron que buscase un restaurante español decente, y vaya si dí con el. Me choca encontrar en Osaka un lugar llamado "Marisquería Gozo", pero bien debe vivir su dueño, sin duda. restaurante lleno y calidad, aunque me viese obligado a pedir un Rioja, ya que la botella de Mauro rondaba los cien euros. El Ramón Bilbao pasaba los 30 pero les ha fascinado "no como el bordeaux de ayer", decían.


Pero la clave ha sido el momento en el que les he preguntado si querían comer más. "Otro plato de jamón" dijo Walter con una enorme sonrisa. Walter, que ha viajado por el mundo pero que nunca ha estado en España, parecía haber descubierto el Santo Grial. El jamón me ayudó a pasar del todo la migraña y me hizo añorar a Rigoberto, mi fiel amigo que sigue adelgazando en Bruselas merced al despiadado alfanje de Nuria.


Termino la tarde emborronando mi prestigio cinematográfico y hablando con todos los míos. Oigo a Juan y a Pablito, también escucho a mis hermanos por el fondo diciendo eso de "a comer, coño". Tiendo de nuevo el hilo hacia Bruselas que me llena de sonrisas y me hace soñar despierto contigo y los felices años 20. Tiemblo ante el futuro que me regalas con tu vida.


Y ahora les dejo. Preparo mi piel y mi alma, y enciendo "youtube". Me espera la faena de Julio Aparicio del 94. Osaka, 0:02. Aparicio hace el paseillo en la planta 28 del Hilton.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Japón, día 2. Reuniones y neones

Llego nuevamente reventado después de un día agotador. Mañana se trabaja, pero a las 10, lo cual me permitirá dormir un poco más y terminar de coger los tiempos.


Día de reuniones, de búsqueda. Las reuniones son de lo más curioso que me he encontrado hasta ahora en Japón. De un lado los japoneses, del otro los foráneos y, en el medio, yendo en un sentido y en otro, un hombrecillo que traduce para ambos bandos. Es curioso, pero cuando alguien habla en inglés durante diez segundos, la traducción toma 30. Clavadito a "Lost in Translation".


Y allí estoy, en medio de tanto nerviosismo, tanta sabiduría y tantas dudas. Hoy probé la sopa instantánea de nooddles para comer y fue resultona. Para otro día pruebo la de curry.


Pero lo mejor sin duda viene después, cuando el tren de Higobashy se detiene y me encuentro con Osaka. Hoy pude pasear con tres de mis compañeros por calles repletas de neones, restaurantes y salas de karaoke. Después de la apoteósica cena japonesa de ayer, hoy se le ha metido en la ceja a Walter (un americano de padre serbio y madre alemana) ir a comer a un coreano. Espectacular, prodigioso. Asia me conquista con su gastronomía.


Y después de una fraternal cerveza (a precio noruego, será porque los dos son países balleneros) vuelta al hotel para descansar y recargar pilas a través del teléfono. Un hilo me une a Europa, a una ciudad cargada de historia y de chocolate, y me regala los actos del día, esos que a veces pasan desapercibidos pero que aquí valoro como un sol.


Precisamente ahora cierro el ordenador y me voy a la cama, no sin antes tender ese hilo que me una a tí por unos minutos. Es la forma que tengo para dormir contigo una vez más, sin que ni siquiera me roces.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Japón, día 1

Tras un viaje agotador, rodeado de nervios y de un ruido matracón que me impedía dormir (vulgarmente conocido como "zumba") llegué a Osaka acompañado de los dos managers del proyecto. Masayoshi siempre atento me indica el camino y le pregunto sin dudar todas las curiosidades que llaman mi atención. El taxi desde el aeropuerto me demostró una ciudad casi tan dormida como yo, pero las moles de cemento, metal y cristal me dijeron pronto que esa era una ciudad enorme. Y en efecto, a estas horas, desde la planta 28 del Hilton, veo algo que solo sale en las películas. Luces, vida, una ciudad que no duerme.




Llevar tantas horas sin dormir e ir de empalmada a trabajar me hace sentirme inutil al teclado y torpe en mi escritura. No desesperen, queridos lectores, esto va a dar mucho de si. Como la extraordinaria cena japonesa a la que nos ha invitado Watatani-san, director del proyecto. Un lujo para la vista y los sentidos. He entablado rápida amistad con mis compañeros japoneses, y todos han decidido ponerse un seudónimo ya que son incapaces de pronunciar correctamente "Jaime". Por lo tanto, el sector jóven del proyecto lo formamos Masa, Taka, Humi y un servidor que atiende a todo lo que se parezca a "jeimi" "hame" o "jimi".




Y después de una ducha, caeré en el sueño de los mortales, sin puntilla. Mañana más emociones en esta plaza en la que siempre soñe hacer el paseillo. Si me viera mi padre...con las palizas que le he pegado con Kurosawa, Ozu y Mizoguchi. Vaya trío en el cartel. Mis colegas, de momento, ya me han prometido llevarme a cumplir uno de mis objetivos, uno de mis sueños...asistir a una obra de Kabuki.


Corresponsal en osaka, servidor de ustedes. Buenas noches.

lunes, 9 de mayo de 2011

Felicidades

Hubiese pedido un par de días de vacaciones, y me hubieras ido a buscar a Santander. De camino a casa, me contarías tus planes de hacer la piscina en el jardín y de cambiar la cancela de entrada. En la noche, después de la barbacoa (que no falten los criollos) sacaríamos el orujo de Moncho y cantaríamos con la guitarra todas esas canciones que bordas con tu voz rota y emocionante. Cada vez me gusta más oírte cantar.



El sábado hubiésemos tomado café donde Jovino por la mañana, saludarías a diestro y siniestro mientras yo leo el Marca y luego haríamos la ruta clásica: periódico, pan y fruta, hasta desembocar en la pescadería de Mari. Me apetece rey y compras dos pequeños, dos centollas, una andarica por cabeza y dos kilos de percebes. Madre lo prepara todo mientras tú me llamas al chigre para tomar sidra. Me preguntas por Bélgica, por el apartamento y el trabajo, por Nuria. Estás contento con lo que te cuento y sonríes, y ya tienes los carrillos ligeramente colorados por el sol y por la sidra. En la comida eres el foco, como siempre. Arreglas y deshaces, comentas y te enfadas, ríes ocurrencias y criticas decisiones. A estas alturas te da igual cumplir 67 años y no quieres velas, ni que te cantemos nada. Aun así, aceptas nuestro último regalo que, como todos los años no te ha gustado del todo, y eso es algo que nunca has podido esconder. Será para otro año.



Llega la tarde y el cielo se nubla con ese color que solo da Asturias. Iríamos a ver la playa de la Huelga desde arriba, y tú caminarías por delante con Nuria, mientras le interrogas sobre esas cosas tan tuyas que prefieres no preguntarme a mí. La playa se ve maravillosa antes del atardecer, te miro y veo cómo cierras los ojos y respiras el olor a sal que todo lo envuelve.



Y así también el domingo, hasta llegar la hora del avión. Otra vez caras largas en una nueva despedida, mientras me vuelves a decir que estas harto de que vivamos tan lejos. En el aeropuerto me abrazarías fuerte, me besarías y sentiría tu bigote en mis mejillas. Esos besos sonoros que preceden a unas lágrimas que ocultas pero no disimulas. Y como siempre, te quedarías inmóvil hasta que no pudieras verme, hasta que mi imagen se perdiese por la última rendija de la puerta. Yo busco esa última rendija para decirte adiós.



Hubiese sido un fin de semana maravilloso. Lo es en mi mente, donde ahora te imagino caminando por el camino real con tu vara de avellano, pensando en las tardes que quedan por delante. Y me destroza saber que tu vara está a la entrada de la casa, en el mismo lugar donde la dejaste hace casi cuatro años. Intacta y esperándote, justo al lado de la mía.

viernes, 29 de abril de 2011

La distancia con el diván

Es curioso cómo he pasado tanto tiempo sin actualizar el blog, precisamente cuando ha sido un periodo lleno de circunstancias y de eventos. Será verdad que el blog es más un diván que un boletín. Así pues, puede interpretarse como positivo el hecho de que pasen días en blanco en este diván con fondo negro. Sin embargo hoy vuelvo a sentirme en soledad de viernes tarde y me vengo arriba. Seguramente porque hago memoria de todas estas cosas que han dejado una hendidura de sonrisa en mi rostro.



Pincelada. Valladolid recobró una luz que pensaba perdida, la del foco y el micrófono. Aun resuenan los ecos de los aplausos que tanto añoraba, así como los de los abrazos del reencuentro con el pasado. Un natural lento, pegado a la tierra. Y sin querer uno piensa en si habrá aun oportunidad de redención con el teatro.


Se acaba abril, que aun huele al recuerdo del dolor entre Barcelona y la meseta de un día 16 . Se apaga la semana laboral y llega tu viernes con el Lambrusco prometido, y con un suave aroma a chocolate caliente. Chocolate de la fuente que empieza a funcionar en este rincón de la vieja Europa.

viernes, 11 de marzo de 2011

Semana intensa

Amanecí a esta semana el martes por la noche. Me despertaron los rayos de tu delicia, tu ilusión en forma de cámara de fotos brillante. Captaste todo lo que él te ofreció, su voz era un instrumento hecho para ti, sus gestos, su libertad. Fuiste un sueño durante el par de horas que cumpliste tu anhelo de tenerle más cerca, será que la cosa va de “James” en tu vida. Y yo a tu lado observando aquel torrente de energía que eran tus aplausos, mientras intentaba escuchar cómo cantabas para descubrir uno de tus últimos secretos. Y ya en el frente, un nuevo plan para volver a encontrarle pronto.


Segundo asalto ayer jueves, en forma de ruedo alargado de madera. Mesa llena de clase, educación y amor por el toro. Pasó fugaz el tiempo en Casa Miguel, sede de la “Peña Taurine de Bruselas” a la que por suerte me decidí a pertenecer. Y por unas horas se esfumaron fantasmas que nos acompañan a menudo. Y en mi recuerdo, la serie de naturales de Curro Romero a aquel toro en Antequera, y el deseo compartido de un futuro acompañado.


Y sin pestañear, maleta hecha para conocer la ciudad de las bicicletas. Un regalo que me llevo por partida múltiple en este fin de semana que culmina una buena racha de ilusión y positivismo. Porque el regalo no es el hotel, ni las vistas. Llevo puesto éste mi regalo de continuo, tras recogerlo cada mañana en tu beso somnoliento y en el calor que se desprende de tu cuello.

viernes, 11 de febrero de 2011

Resaca

Sale el sol en Nivelles. Ilumina mi despacho a través de la ventana del techo, y me doy cuenta de que apenas queda nadie en esta tranquila tarde de viernes. Aprovecho para soñar despierto y miro vuelos para ir a Asturias, que me hacen babear la sidra que me bebí con Oti el viernes pasado en el Centro Cabraliego de Bruselas. Es curioso ese pedazo de tierrina que descubrí al poco de llegar gracias a aquel proyecto de conocida. Jamás volvió a dar señales de existencia, pero al menos me descubrió este santuario donde la sidra es más barata que en Madrid, más necesaria y menos fría. Y cerca de la casa natal de Bruegel, que no es cosa a desdeñar.


Allí queman sus horas y sus cigarrillos hombres que cambiaron de cuenca minera hace más de media vida, pero que pronuncian sus juramentos y agravios como puede pronunciarlos Ramonín cualquier tarde en el bar de Piñeres. Tienen en su mirada la tranquilidad que queda después del miedo y de la distancia, y una buena pensión que les permite viajar de vez en cuando a Mieres y también a Benidorm.


La barra del Centro Cabraliego es un tronco arrancado al Cuera, un lugar donde encontrar la nostalgia necesaria para no sentir el desarraigo, para que el viento no oxide los recuerdos ni las auencias. Termina esta semana de resaca con el eco que dejan las tejas de almendra que te enseñó a hacer Mariló, y con la ilusión de estrenar las brocas especiales para cemento que me permitan instalar por fin los focos del pasillo.


Esta serie de lentas chicuelinas al paso me deja frente a un fin de semana de deseos no escritos, de parques por caminar y de ropa limpia en el armario. Ropa que mantiene inalterable el aroma y el contorno de todos tus abrazos.